miércoles, 10 de junio de 2015

Carta al culpable de todo esto...

Carta al culpable de todo esto...
Hace tanto que te espero, que el reloj se ha caducado y ahora ya no marca el tiempo, sino una vida sin ti. Hace casi ya un año que te vi sonreír por última vez, una tarde de domingo, cuando empezó a ser invierno en mitad del verano. Nos despedimos con dos besos y un "hasta luego", notando impactarme mil balas por cada paso que dabas y te alejabas de mí. Sabiendo que lo más probable era que no volviésemos a vernos, sin haber sido capaz de demostrarte que lo habría dado todo por ti, incluso habría ordenado este desastre (al que, desde entonces, no me atrevo a llamar vida). Supongo que ocurrió todo eso porque tenía que pasar así... Me cuesta aceptar que no habrá más llamadas, ni mensajes; que no me llevarás en moto a ninguna parte; que no leeremos a Neruda desnudos; que no desatarás los nudos que me impidan gritar; que ninguna de tus poesías llevará mi nombre; que no viajaremos recorriendo el mundo; que nunca te presentaré a mis padres; que jamás discutiremos sobre el nombre de nuestros hijos; que no habrá chantajes para elegir peli; que no te haré crepes para desayunar; que nunca suspirarás por la minifalda de los sábados; que no me desarroparás al tirar de la manta; que no pediremos dos cucharas para un helado; que no pasearemos por Toledo de la mano; ni nos meteremos en lo más oscuro de un bar; que no me rechazarás un chicle con cara de asco; que no me hablarás de esos grupos que nadie conoce; ni dirás algún piropo grosero sobre mis tetas; que siempre tendremos pendiente tocar la guitarra; que no me dibujarás letras con los dedos en la espalda; que no te reirás de mis pesadillas; que no pararás de hablar de mi voz hasta callarme, o que te calle yo; que no me morderás un brazo cuando estés nervioso; que no volveremos a reír por nada y que por nada ya no volveremos a temblar.
Es duro aceptar que moriría si me declarase en huelga de hambre por no poder comerte la boca, porque ya nunca más. A veces me gustaría volver a verte para contarte todo lo que he conseguido por ti. Que seguí escribiendo todas las noches que no estabas, llorando en tinta lo que no sabía gritar. Que busqué refugio en los versos y la poesía me ofreció todo aquello que tú no me supiste dar. Eres el culpable de lo que ahora me hace feliz... me encantaría verte y contarte que he hablado a casi 18.000 personas de ti y que no voy a dejar de hacerlo. Gritarte hasta quedarme ronca que te quiero y que en cada texto aparece tu nombre al final, aunque nadie más lo vea. Que hasta huyendo de mi vida encontraste la manera de hacerme feliz, aunque sea sin ti, que en el fondo es contigo porque siempre que puedo te escribo. Gracias por irte de aquí dejándome todo lo que necesito para sobrevivir a esta ausencia tan tuya. Ojalá algún día nos veamos y pueda contarte con los labios el efecto mariposa que desencadenaste con tu portazo.

PD: Sigo escribiendo porque existe una mínima posibilidad de que me sigas leyendo... Te lo debo.

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