martes, 26 de abril de 2016

No estoy de vuelta...






Hacemos de lo fácil algo difícil porque necesitamos excusas para justificar nuestro miedo. Es por eso por lo que decimos “adiós” cuando en realidad queremos decir “quédate” o comenzamos a bailar para disimular que estamos a punto de caer. Quizá por eso escribimos en un papel cuando lo que queremos es gritar. Y yo no he encontrado mejor forma de hacerlo que volver a recitar rompiéndome el pecho; porque lo bonito de sangrar es que alguien sepa lamerte todas esas heridas que no has conseguido cicatrizar.

Por eso estoy aquí, porque gritar y esperar el eco me parece la manera más bonita de medir el vacío que tengo por dentro. Y hace tiempo que asomarme a este abismo me da vértigo. Pero se acabó el decir “no puedo”, porque tengo los pulmones encharcados de todo el agua salada que no supe llorarte. Me agoniza la tinta en las manos y los dedos me piden que vuelva a crearte. El pecho me late la libertad de las dos en rima asonante y vuelves a mí convirtiendo en alas cada una de las puñaladas que guardo en la espalda, arrancándome las cadenas de dudas con los dientes. Vuelves y me dices que lo sientes, porque hubo una etapa en la que me herías mucho más que curabas. Pero soy yo la culpable porque si me alejaba me moría y si me quedaba, me matabas. No había salida. 

Sabes que yo no tropiezo con piedras, sino que me estampo contra ellas. Y te llevo desde entonces en mis entrañas, cuando camino con pies de plomo y conviertes mis pasos en balas. Y disparas contra todo lo que me impida avanzar, incluso te armas de paciencia y aprietas el gatillo si soy yo misma quien me empiezo a odiar. 

Eres esa bocanada de aire fresco cuando noto que el agua me llega por encima del cuello. El salvavidas que me ayuda a flotar cuando en mitad de la tormenta se me olvida cómo nadar. Me haces valiente y me enseñas a ser fuerte. Por eso, le echo coraje y te digo que no. No estoy de vuelta, porque nunca me he ido. Pero hoy, poesía, me apeteces como al suicida un precipicio.


PD: te echaba de menos.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Propósitos para 2016

Para este año nuevo me he propuesto ser realista. Quizá por eso mi propósito para 2016 no es olvidarte, sino que al recordarte no duela. No pido sentir indiferencia, me basta con que, al escuchar tu nombre, no me falte el aire. Tampoco quiero no echarte de menos, sino aceptar que (por más que lo haga) tú no vendrás. Quiero encadenarte a mi pasado para que no pueda arrastrarte a mi presente.
¿Quién sabe? Quizá así pueda limpiar el polvo que me tapa la sonrisa y volver a pintarme los labios de rojo carmín. Quizá conozca a alguien que me inspire cosas felices para escribir y a quien hacer fotos bonitas y lo sean aún más porque esa persona esté en ellas. Quizá aprenda a mirar al vacío sin sentir vértigo y al cielo sin sentirme pequeña. Quizá aprenda a quererme y a querer de otra manera. Quizá sea capaz de creer en cosas que ahora me parecen improbables, porque las que me parecían imposibles las he visto cumplirse casi todas. Quizá deje de pedir deseos al ver estrellas fugaces y lo que haga sea correr tras ellos. Quizá deje la puerta abierta para que se vaya quien quiera y entre quien pueda, porque los portazos me han hecho sangrar más que cualquier herida. Quizá aprenda a respirar sin ahogarme y enseñe a mi corazón a latir sin acelerarse. Quizá todo vaya un poquito mejor de lo que va actualmente. Y si no, quizá saque coraje de donde aún no lo he hecho en presente.
Sed felices, es una orden.



(Hace más de un mes que no me paso por aquí. Sigo viva, os lo prometo. La literatura y yo no nos hemos dejado, sólo nos estamos dando un tiempo. Volveré pronto, cuidaos mucho y que os cuiden también. Feliz año a todos los que aún me leéis. Sois increíbles, mil gracias por tanto.)

domingo, 15 de noviembre de 2015

París: la ciudad del amor convertida en la del odio.

(A veces, para mirar de frente a los problemas, necesitamos descansar la vista primero unos segundos).
Abrázame fuerte, que me da miedo el mundo. Dime que me quieres, aunque sea mentira, da igual. Prométeme que saldremos de ésta, vivos. Hoy es domingo y he vuelto a llorar.
Dame la mano, apriétamela. Necesito saber qué se siente cuando tienes a alguien en quien confiar. El cielo se ha teñido del color de la muerte. Me tiemblan las piernas y al cerrar los ojos sólo veo la masacre de las imágenes que se han grabado en mi mente. Necesito olvidar. No pensar.
La soledad se está fumando un cigarro que está a punto de prender fuego a la casa. El silencio ahoga tanto que me mata. El consejo del médico vuelve a resonar como un constante eco: "Deberías creer en algo". Que alguien me explique cómo ser capaz, después de tanto. Joder.
Llaman a la puerta. Es la ansiedad. Viene acompañada de la impotencia de no poder hacer nada para cambiar. Y justo al abrir, se me cae el mundo de las manos. Se rompe, se hace pedazos, como si fuese de cristal. Quizá pueda recogerlo trozo a trozo y pegarlo; pero es evidente que ya nunca quedará igual.
Suspiro y escribo. Me huelen los dedos a tierra mojada, como el efecto que tienen sobre las tumbas todas las lágrimas. Se avecina un derrumbamiento que nadie puede parar.
No sé qué me duele más, si la indiferencia o la hipócrita preocupación. Estoy mareada de dar vueltas a la cabeza, pero no paran de hablar de guerra en todos los medios de comunicación. Vamos a escondernos debajo de las sábanas como si fuese un lugar seguro y a leernos cuentos como si todo fuese mucho mejor en el mundo.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Me aterra la idea.

Estoy tan acostumbrada a sufrir que, cuando las cosas empiezan a ir bien, creo que no es amor y me alejo a varios universos de distancia. Aunque también es cierto que, pese a que nunca ha pasado, si alguien se atreviese a quererme de verdad, haría todo lo posible para frenarlo.
A veces me paro a pensar qué es exactamente lo que hago mal para que nadie haya sentido por mí algo más. Después recuerdo que no sé dejarme querer porque me agobia saber que el bienestar de un corazón está en mis manos, las mismas que han roto tantos platos. Y me aterra la idea de convertirme en tormenta en la vida de alguien que ame el sol.
Si hay algo que tengo claro es que no quiero ser la grieta de nadie y, teniendo en cuenta que soy un desastre, al final siempre me quedo con la soledad que me abraza y que me pide que le escriba versos.
Antes de dar una oportunidad a alguien, me la debería dar a mí misma primero.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Tenemos que hablar...

-Tenemos que hablar.
+...
- Hace días que te veo sonreír de menos y llorar de más. Te miro y no te reconozco. Has dejado de escribir como si no te importase morir, como si supieses que nada te puede salvar. Los chistes malos ya no te hacen gracia. Pones en bucle canciones tristes que te hunden un poco más. No te levantas dos horas antes para fotografiar amaneceres. No sonríes al ver las estrellas por la ventana cuando te vas a acostar. Abrazas la fotografía de tus padres como quien se aferra a la vida. No lees a Sergio en voz alta cuando el silencio te empieza a ahogar. Tampoco te pones Extremoduro a todo volumen cuando te vas a duchar. Ahora no haces crepes para cenar cuando tienes tiempo. Has dejado de bailar en bragas por toda la casa. Apenas sales de la cama si no es por necesidad. ¿Qué te ha hecho tener esas ojeras? ¿soñar tan poco? Tienes los ojitos tan tristes, que apenas se pueden cerrar para pedir deseos. Tus labios están llenos de grietas, como si alguien te hubiese roto por dentro al besarte mal. ¿Acaso el bolsillo donde guardaste la ilusión tenía un agujero? No es que haya fallado el vuelo, es que aún no te he visto despegar. El corazón, en vez de a pasos, te avanza a saltos, sobre charcos. Y tú te tienes que medicar. ¿Te vas a dar tan pronto por vencida? ¿No piensas luchar? Vamos, sabes de sobra que eres fuerte y, aunque no eres demasiado valiente, confío en tus ganas de pelear. Sé que no vas a contestar, porque no dejas de ser mi imagen en un espejo, pero ojalá pudieses mirarme a los ojos y gritarme un "Sí, puedo".

martes, 6 de octubre de 2015

Sobre todo en azul.

- Llevo unos días sin escribir nada que merezca la pena compartir, pero os dejo esto como muestra de que sigo siendo mortal, que me sigo rindiendo en un papel-
Cuanto más aire respiro, más noto que me asfixio. Lo que quiero decir es que hay días que siento que la tormenta empieza en mí. Se me tiñe el alma de gris y comienzan a inundarse los ojos, como si alguien hubiese abierto un paraguas dentro de casa atrayendo la mala suerte.
Después la lluvia se encarga de borrar cualquier palabra que hubiese escrita en las paredes de este edificio en ruinas que es mi vida. Hasta a veces aparece un arcoiris poniendo un poco de color a este triste paisaje que es mi futuro sin ti. No sé por qué, pero los relámpagos me parecen todas esas caricias que no nos haremos y, el trueno que les sigue, el ruido que hace un corazón que se está rompiendo.
He llorado en todas las tonalidades, pero sobre todo en azul. Tus ojos no tienen nada que ver con eso, te lo prometo

jueves, 24 de septiembre de 2015

Como llega el otoño...

Entras en mi vida
como llega el otoño.
Haces que todas las hojas
que nunca llené de versos
se caigan de mi árbol,
para pisarlas a besos
cuando decidamos crear
el amor en el suelo.

Tienes la lluvia
debajo de los párpados
y te muerdo los labios
para desatar tormentas.
El frío de tus manos
acaricia mucho mejor
que cualquier brisa pasajera
y quema como el hielo
que se forma en los tejados
al amanecer.
Me entran ganas de saltar
juntos de la mano,
como si después
de cada precipicio,
nos esperara un charco.
Tienes el alma del color
del cielo en mis días tristes
y a mí me sobra melancolía
para alimentarnos los dos.
Si me abrazas,
me sobra el abrigo
y hasta la piel.
Si te marchas,
se adelanta el invierno
otra vez.
Prometo hacerte reír
hasta que olvides
lo que es el dolor.
Pero, por favor,
quédate.

martes, 22 de septiembre de 2015

Crónica de la niña que no sabía quererse bien

Siendo sinceros, soy todos los complejos que me estallan en los lagrimales cuando me miro a un espejo. Las ruinas que nadie podrá reconstruir jamás. Que no se verme sin odiarme, ni vestirme sin llorar.
Sálvame, necesito que me agarres. Vienen curvas y yo sólo llevo puesto en el pantalón el cinturón de inseguridad, que siempre consigue herirme un poquito más. Quiero decir que algo que está completamente roto, puede llegar a convertirse en polvo; y lo mismo pasa con las personas. Sopla, me estoy a punto de evaporar. 
Soy 99% defectos y el porcentaje restante se resume en miedo. Si te atreves a mirar y a juzgar, no hace falta que dispares... seré yo misma quien apriete el gatillo, no me hace daño una bala más. 
90 caídas, 60 espinas, 90 heridas. 
Quiero que esta pesadilla acabe ya. Yo sólo necesito ser normal, una niña bonita. No tener que avergonzarme al salir a la calle o no tener que acostumbrarme a que alguien me rechace. Quiero que las heridas cicatricen, en vez de sangrar. 
Ser libre, no vivir atada al reflejo que me escupe el puto espejo cada mañana.
Ana ya se ha ido, ahora es Mía la que está conmigo. Dice que somos amigas y que no me va a abandonar. Última llamada de auxilio: tenemos que parar esto junto, no pronto, sino YA.



Recuerda que vales mucho más que cualquier prototipo social. Valórate como te mereces, por favor.
El problema no es tu cuerpo, sino lo que te han hecho ver en él. Así que:
 quiérete mucho,
pero sobre todo:
quiérete bien.

domingo, 16 de agosto de 2015

Imagina-arte





Si no fuese porque duele, juraría que no es real. De él os podría decir que tiene los ojos del color de todos los sueños que me quedan por cumplir. Una salida de emergencia en los labios, que a la vez son incendio, como si la única forma de escapar fuese muriendo en ellos. Y también os podría contar que en el pecho tiene un aeropuerto para posibles aterrizajes forzosos, en caso de que falle el vuelo cuando esté a punto de tocar las nubes. Sé que es él por ser salvavidas a tiempo completo y porque es capaz de curarme cualquier herida con esa unidad de cuidados intensivos que esconde en las yemas de los dedos. 

Tiene un instrumento de cuerda en la garganta que suena si le besas el cuello y otro de percusión en el pecho que nunca descansa. Pero irónicamente no he escuchado mejor música que su silencio, ni he pintado mejor cuadro que un abrazo en su espalda, segundos antes de que se rindiera al sueño. Que me besa las comisuras hasta esculpirme una sonrisa en los labios y me lame las rodillas cuando me levanto yo solita después de una caída en un charco. Me recuerda que soy fuerte aunque siga tropezando y me asegura que así se aprende. Que es justo el tener miedo lo que me hace valiente. Y me jura que: cuando creemos que no podemos más, es en realidad cuando más podemos. Así que explicadme cómo no voy a creer da igual en qué, cuándo podré dejar de desangrarme en un papel y sobre todo quién será él, mi personificación del arte.

miércoles, 8 de julio de 2015

Cora(zonada)s

Mi mecanismo de autodefensa consiste en alejarme de todo aquel que sienta algo por mí. Da igual si es amor o es odio. También da igual la intensidad. El simple hecho de que no sea indiferencia, ya lo convierte en amenaza. No sé si sabéis que todo lo que está roto, siempre puede romperse un poco más. Y lo mismo con las personas. Eso es justamente lo que quiero evitar. Sea cual sea la víctima, no quiero crimen.
La persona que más me ha conseguido desnudar, se quedó por la segunda armadura. Supo deslizarme por los hombros la frialdad y desabrocharme aquella forma tan estúpida de estar siempre a la defensiva, hasta que mi lado más asocial acabó a la altura de los tobillos. Después de eso, venía la prueba definitiva. No encontró la forma de deshacerse de las dudas que tenía anudadas en el cuello, ni de la inseguridad que me cubría la espalda y que me pesaba cada vez más al andar. Tampoco supo diferenciar la falta de autoestima que llevaba en la tripa. No queda sitio para las mariposas, si dentro tienes cuervos que te comen los ojos cada vez que intentas mirarte y no odiarte un poco más.
No sé... Me gustaría explicaros que las corazas no siempre se llevan de manera voluntaria. Que eso no significa que esa persona esté preparada para luchar, pero tampoco significa que sea débil o no tenga la suficiente fuerza para ganar. De todo esto, me basta con que recordéis la frase que me repito cuando me siento flaquear y es:

Cuando creemos que no podemos más 
es en realidad cuando más podemos.

domingo, 28 de junio de 2015

Háblame del frío, amor.

(Me voy a dar un tiempo desapareciendo de todo lo que tenga que ver con vivir conectada a mucha gente. Volveré pronto, supongo. Hasta entonces, cuidaos mucho. Que os sea leve o grave, según qué cosa. Un abrazo muy grande).

Háblame del frío, amor, que fuera de aquí se rozan los 40 grados, pero yo he vuelto a temblar cuando en el modo aleatorio ha vuelto a sonar tu canción favorita. Háblame del invierno y de la nieve que se acumula en los párpados cuando paseo por los rincones llenos de recuerdos, que me cuentan que tú y yo ya no nos besamos. Háblame del viento y de cómo despeina de madrugada, ahora que no eres tú quien me levanta la falda. Háblame de la lluvia y de cómo cala, dime que es la mejor forma de esconder las lágrimas si no llevas paraguas. Háblame de otra estación que no sea la de autobuses, a ver si consigo decir "adiós" a esta angustia existencial que siento, al asomarme al vacío que me has dejado en el pecho.
Es cierto que fuimos cenizas, sin haber sido nunca fuego. Nos aterraba la idea de quemarnos por jugar y ha dado igual. Míranos: al final ninguno de los dos ha salido ileso. Yo con un corazón de menos y tú... tú, bueno, aún no sé si perdiste algo, aparte del tiempo conmigo, digo. No supimos ni salvarnos, ni matarnos. Era una constante agonía en los brazos del otro, que nadie sabía cómo iba a acabar. Sólo que acabaría, eso seguro, claro. Todo en esta vida tiene final y yo habría dado todo lo que tengo y lo que no, porque la historia durara algunos capítulos más.

miércoles, 10 de junio de 2015

Carta al culpable de todo esto...

Carta al culpable de todo esto...
Hace tanto que te espero, que el reloj se ha caducado y ahora ya no marca el tiempo, sino una vida sin ti. Hace casi ya un año que te vi sonreír por última vez, una tarde de domingo, cuando empezó a ser invierno en mitad del verano. Nos despedimos con dos besos y un "hasta luego", notando impactarme mil balas por cada paso que dabas y te alejabas de mí. Sabiendo que lo más probable era que no volviésemos a vernos, sin haber sido capaz de demostrarte que lo habría dado todo por ti, incluso habría ordenado este desastre (al que, desde entonces, no me atrevo a llamar vida). Supongo que ocurrió todo eso porque tenía que pasar así... Me cuesta aceptar que no habrá más llamadas, ni mensajes; que no me llevarás en moto a ninguna parte; que no leeremos a Neruda desnudos; que no desatarás los nudos que me impidan gritar; que ninguna de tus poesías llevará mi nombre; que no viajaremos recorriendo el mundo; que nunca te presentaré a mis padres; que jamás discutiremos sobre el nombre de nuestros hijos; que no habrá chantajes para elegir peli; que no te haré crepes para desayunar; que nunca suspirarás por la minifalda de los sábados; que no me desarroparás al tirar de la manta; que no pediremos dos cucharas para un helado; que no pasearemos por Toledo de la mano; ni nos meteremos en lo más oscuro de un bar; que no me rechazarás un chicle con cara de asco; que no me hablarás de esos grupos que nadie conoce; ni dirás algún piropo grosero sobre mis tetas; que siempre tendremos pendiente tocar la guitarra; que no me dibujarás letras con los dedos en la espalda; que no te reirás de mis pesadillas; que no pararás de hablar de mi voz hasta callarme, o que te calle yo; que no me morderás un brazo cuando estés nervioso; que no volveremos a reír por nada y que por nada ya no volveremos a temblar.
Es duro aceptar que moriría si me declarase en huelga de hambre por no poder comerte la boca, porque ya nunca más. A veces me gustaría volver a verte para contarte todo lo que he conseguido por ti. Que seguí escribiendo todas las noches que no estabas, llorando en tinta lo que no sabía gritar. Que busqué refugio en los versos y la poesía me ofreció todo aquello que tú no me supiste dar. Eres el culpable de lo que ahora me hace feliz... me encantaría verte y contarte que he hablado a casi 18.000 personas de ti y que no voy a dejar de hacerlo. Gritarte hasta quedarme ronca que te quiero y que en cada texto aparece tu nombre al final, aunque nadie más lo vea. Que hasta huyendo de mi vida encontraste la manera de hacerme feliz, aunque sea sin ti, que en el fondo es contigo porque siempre que puedo te escribo. Gracias por irte de aquí dejándome todo lo que necesito para sobrevivir a esta ausencia tan tuya. Ojalá algún día nos veamos y pueda contarte con los labios el efecto mariposa que desencadenaste con tu portazo.

PD: Sigo escribiendo porque existe una mínima posibilidad de que me sigas leyendo... Te lo debo.