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Mostrando entradas de noviembre, 2015

París: la ciudad del amor convertida en la del odio.

(A veces, para mirar de frente a los problemas, necesitamos descansar la vista primero unos segundos). Abrázame fuerte, que me da miedo el mundo. Dime que me quieres, aunque sea mentira, da igual. Prométeme que saldremos de ésta, vivos. Hoy es domingo y he vuelto a llorar. Dame la mano, apriétamela. Necesito saber qué se siente cuando tienes a alguien en quien confiar. El cielo se ha teñido del color de la muerte. Me tiemblan las piernas y al cerrar los ojos sólo veo la masacre de las imágenes que se han grabado en mi mente. Necesito olvidar. No pensar. La soledad se está fumando un cigarro que está a punto de prender fuego a la casa. El silencio ahoga tanto que me mata. El consejo del médico vuelve a resonar como un constante eco: "Deberías creer en algo". Que alguien me explique cómo ser capaz, después de tanto. Joder. Llaman a la puerta. Es la ansiedad. Viene acompañada de la impotencia de no poder hacer nada para cambiar. Y justo al abrir, se me cae el mundo de las manos. …

Me aterra la idea.

Estoy tan acostumbrada a sufrir que, cuando las cosas empiezan a ir bien, creo que no es amor y me alejo a varios universos de distancia. Aunque también es cierto que, pese a que nunca ha pasado, si alguien se atreviese a quererme de verdad, haría todo lo posible para frenarlo. A veces me paro a pensar qué es exactamente lo que hago mal para que nadie haya sentido por mí algo más. Después recuerdo que no sé dejarme querer porque me agobia saber que el bienestar de un corazón está en mis manos, las mismas que han roto tantos platos. Y me aterra la idea de convertirme en tormenta en la vida de alguien que ame el sol. Si hay algo que tengo claro es que no quiero ser la grieta de nadie y, teniendo en cuenta que soy un desastre, al final siempre me quedo con la soledad que me abraza y que me pide que le escriba versos. Antes de dar una oportunidad a alguien, me la debería dar a mí misma primero.