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Inconexo.

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A 38.600 pies del suelo, el vértigo se me antoja menor que cuando te miro la boca. Quiero explicarme, pero mi mente son hojas en blanco mojadas sobre las que sigue lloviendo. Si me atreviese a materializar lo que siento, las sensaciones se emborronarían. Hace frío y no de abrigo, sino de abrazo. Es la segunda pastilla que tomo y la tercera vez que lloro en lo que va de día. «Estoy mejorando», me repito y es mentira. A casi 1876,4 kilómetros me pregunto si cuando me marcho me sientes diferente, como lejos. Hoy es uno de esos días en los que la vida hace mucho ruido y yo necesito silencio. Ante la imposibilidad de gestionar mis emociones, como con las manos y me relamo los dedos. Nunca soy tan animal como cuando tengo miedo. Me tiembla la barbilla si reprimo el llanto. Mi yo más masoca me ahoga agarrándome del cuello. Me he vuelto a equivocar, una vez más. Después de 168 horas, supongo que hay cosas que sé que nunca me van a pasar. Después de 10.080 minutos, supongo que hay...

Muertes.

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De las cinco fases del duelo, creo que nunca he aprendido a pasar a otra que no sea la negación. Yo, que echo de menos a la abuela desde hace ocho años como el primer día. Sigo siendo esa niña de catorce años muerta de miedo, abrumada, una cría. Hace a penas unos días que alguien más murió. Su hija insiste en que me quería y nunca lo he dudado, se ha ido sabiendo que yo también la quiero. Recuerdo que siempre le preguntaba a mamá cuando iba a ser la próxima vez que me tocara viajar al extranjero, y ahora ella se ha ido más lejos de lo que yo he estado jamás. Ahora está siendo semilla de lo que pronto serán unas de las flores más bonitas del cementerio. Y yo seguiré durante años mirando hacia su lado del sofá, esperando encontrarla sonriendo y con los brazos abiertos porque sabía que siempre me acercaba a darle un beso. Y ella no necesitaba mucho más. Luego preguntaba por Lolo, mi perro, antes que por nadie más. Siempre le tocaba aunque le daba miedo, y le sacaba de su bol...

Irrelevante.

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Hay muchas cosas que me gustaría que supieras sobre mí. Cuando te sepas las más importantes, esas que cualquiera conocería después de hablar unos cuantos días de seguido conmigo, espero que quieras ir más allá, a lo aparentemente irrelevante. Conocerme siempre, cada día, un poco más. Por ejemplo, mis complejos: Como que no me gustan las fotos de perfil o en las que me río, o mejor dicho, que no me gustan las fotos. Que odio mi nariz, lo pronunciada que es mi barbilla y las arrugas de la frente. O que no me siento cómoda con mi cuerpo. Espero también que te aprendas mis manías: Como que me cae mal la gente que dobla las páginas o pinta con bolígrafo los libros. O que me pongo todas las alarmas siempre acabadas en dos. O que para ducharme y dormir me quito collares, pendientes y anillos. Que si no pongo emoticonos, me parece que estoy siendo borde en una conversación. Puedes explorar y descubrir también algunos detalles del cuerpo que habito: como los dos tatuajes en la esp...

Contrastes.

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El cuerpo reacciona con mecanismos de defensa cuando el dolor es fuerte y continuado. Mi cerebro siembra el caos para equilibrar la balanza y mi corazón lo sufre. Somatizo en el lado derecho porque el izquierdo ya se pudre. Y una semana después consigo escribir que estoy jodida, que si no tuviese esta sensación de ahogarme juraría que no estoy viva. Quiero aclarar que esto no es un poema por mucho que mi subconsciente se empeñe en que salga rima. Ayer lloré como hacía tiempo que no. No podía aguantar más sin saber de dónde provenía el dolor y mamá me abrazó. Ella, que siempre sabe lo que me pasa incluso cuando no lo sé ni yo. Ella, que siempre hace magia y es fuerte por las dos. Ayer quise dejarlo todo: la familia, los amigos, el trabajo, la escritura, Madrid, la vida. Quise arrancarme la piel y dejar sólo las heridas. Quise quitarme la mochila y soltar por una vez todo el peso que cargo. Yo no elegí mi pasado ni tampoco las consecuencias que he ido arrastrando. Sin embarg...

Mi luto.

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  Mi luto no es vestirme de negro, sino el silencio, el folio en blanco, la nota en el móvil que acabo borrando. La boca cosida, los ojos opacos y las piernas temblando. Últimamente hay tristeza suficiente como para declarar el duelo. Acepto mi destino solitario como plomo alojado en la sien de este cuerpo muerto. Aún cálido. Aún latiendo. Pero muerto al fin y al cabo. Previsora de sequías, me desangro guardando mi propia sangre en una copa. Confío en que al ir a enterrarme alguien me quite los traumas antes que la ropa. Y espero también que me bese la frente antes de la boca. Previsora de hambrunas, me desnudo guardando mis vísceras en un baúl color caoba. Te las podrás comer si algún día me abandonas, para que compruebes que era más corazón que cualquier otra cosa, que intenté ser mejor, pero la raíz de todos mis problemas fue estar siempre tan rota. Previniendo tristezas, redacto mi epitafio ahora que mis manos aún pueden. Escribo aprovechando que mis párpados a...

Desahogo.

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Crees que comprendes mi dolor porque me has visto llorar más de dos veces con la cara descubierta y sin miedo al estigma. Crees que me entiendes y lo crees porque no sabes que no sabes. No te conté que la pesadilla empezó a los 11, donde dejé de querer ir al cole. No te hablé de las risas, de las patadas, de los empujones. No sabías que me metía a llorar al baño cuando cumplí los 12. Nadie te habló de aquella vez que subieron una foto mía a internet para insultarme, ni de que me persiguieron para pegarme decenas de veces cuando tenía sólo 13. Tampoco que tenía pesadillas con sus voces cuando tenía 14. No te conté lo de la falsa amistad a los 15, cuando pensé que mi soledad había acabado y sólo querían reírse. No te hablé de cuando hacía los deberes al resto para ganarme su confianza, ni de que ellas me insultaban por la espalda. Jamás olvidaré cuando con 16 perdí a mi abuela y toda esa pantomima se derrumbó tras ella. Fue a los 17 cuando me atreví por primera vez a hablar...

Imperativos.

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Atraviésame la piel con agujas y puñales. Hoy ha vuelto a llover y dentro de esta coraza empieza a faltar el aire, así que sóplame como apagando las velas de una tarta de chocolate. Desnúdame y lame las inseguridades. Apaga la luz, rompe el espejo. Que nunca más tenga que temblar o llorar al observar mi reflejo. Atraviésame la piel y llega hasta los huesos. Que se mezclen la saliva y la sangre. Que choque tu sed con mi hambre. Entra en mi caja torácica y hazte hueco. Que todos los golpes al corazón suenen a eco y se desborden los ojos en manantiales. Que sobrevivamos al dolor con instintos animales. Que me hagas creer que somos dos. Hazme el desamor. Rómpeme la voz cuando te llame y no vengas. Que me ahogue la soledad cuando te espere y no llegues. Que jamás en la vida se me pasen las horas tan lentas. Que busque tu calor cuando hiele. Que me congele porque nunca más. Y ya que estás, destrózame la vida. Que no me queden fuerzas para nada más. Que deje de creer que se puede ...